Berenice Ceballos García.


Porque viajar es la mejor forma de ejercitar la mente... y el corazón.

Pomuch y la limpieza de huesos

11.11.2014 11:10

Los viajeros como buenos aventureros tenemos un corazón diligente por conocer todo a nuestro derredor,  un corazón sensible a los detallados sucesos de la vida pero sobre todo un corazón dispuesto a observar con respeto a través de los ojos del anfitrión. Es por eso mi estimado lector, que en esta ocasión he de compartirle una muy peculiar celebración que seguramente lo impresionará. Acompáñeme entonces a conocer la singular “limpieza de huesos (Le Cho´Baakoób)” en Pomuch, Hecelchakán, Campeche.

Esta  es una ancestral tradición familiar que nos enseña a ver la muerte como una momentánea despedida y que  encierra  a través de sí todo un cumulo de sincretismos culturales que bien vale la pena conocer; y es que precisamente en nuestro país,  la celebración del día de muertos es una de las expresiones culturales  de mayor arraigo, tan viva y sentida, que no es de extrañar que haya sido declarada como una Obra Maestra del  Patrimonio Intangible de la Humanidad por la UNESCO.

Así que sin más preámbulos es momento de disipar toda duda y poner en mente un pueblerino cementerio que con bicicletas y triciclos le da la bienvenida al cruzar pequeños arcos, imagine sus pasos a través de delimitados pasillos por conmemorativas y coloridas tumbas, el silencio por respeto se hace presente hasta que escucha a lo lejos un casi indescifrable murmullo que por más agudo que ponga su auditivo sentido no logra entender; dirigiendo sus pasos hacia el interior visualiza a lo lejos una blanca silueta femenina haciendo faena y emitiendo esa espectacular lengua maya que impresiona a cualquiera, pero lo que sin duda lo deja boquiabierto es observar lo que hace: con brocha y paño en mano limpia meticulosamente los restos óseos de su familiar, desde costillas y fémures hasta el cráneo; ni hablar del cabello que cuando aún se conserva es suavemente acomodado.  Es casi indescriptible la delicadeza  al tomar los huesos, colocarlos en blancos y bordados paños, para luego introducirlos en pequeñas urnas de madera. A mi parecer, lo extraordinario de esta tradición es esa conexión de reencuentro, de solemne sentido que más allá de volverse suntuoso, se vuelve natural, familiar y sincero.

 

Esta costumbre forma  parte de las festividades del Janal Pixa´an y es en sí un ancestral ritual que proviene  de la gran civilización Maya, cuya constante veneración a la muerte está íntimamente ligada a la semilla de maíz, cuando ésta muere regresa a la tierra y se reincorpora, es una sencilla cuestión natural, de observación, de entendimiento al medio ambiente y de ahí que diversos estudios arqueológicos e históricos indiquen que se hayan encontrado restos óseos debajo de casas y palacios, es decir de unidades habitacionales familiares que eran abandonadas por un lapso de 3 años por cuestiones de salubridad. Ahora es el momento de comprender  esa particular visión sobre la muerte y conocer un poco de historia, esa que relata el gran dolor por perder a un ser querido pero que se disipa cuando sacaban los huesos, el cráneo en especial.

Lo importante aquí es que esas costumbres funerarias persistieron al paso del tiempo, adaptándose a las circunstancias de la colonia y  la reforma, a las nuevas leyes civiles y la creación de panteones a mediados del siglo XIX, pero siempre negándose a desaparecer, para subsistir y convertirse en el sincretismo que hoy todos vemos.

Es por eso que más allá de ser una simple costumbre, esto se convierte  un acto de amor, ese que indica que no es el final, ese que refleja el básico concepto de convivencia aun en otras realidades, el mismo que no tiende a olvidar ni necesidades ni sentimientos, pero más allá de ser una distinguida costumbre es ese que nos refresca la memoria, porque  recordar es volver a vivir.